Uno de los temas más polémicos de los caminos espirituales. Si bien es cierto que un apego mal enfocado puede derivar en una dependencia emocional, también en verdad que el apego es indispensable para desarrollar un sentido de pertenencia: a la familia, a nuestra gente, a la sociedad. Dicho sentido de pertenencia se vuelve importante porque no estamos solos.

Como en todo en la vida, se trata de encontrar el punto medio. Por un lado, generar un apego mal canalizado puede llevarnos a no ser capaces de valernos por nosotros mismos en la vida, a tener que depender de la presencia constante de alguien; y esa es solo la puerta de un camino que puede terminar en lugares dolorosos y llenos de sufrimiento. En la relaciones de abuso, el apego es tan grande que la parte que está siendo sometida es tan grande que es capaz de poner en riesgo su seguridad o hasta su vida con tal de no perder su objeto de apego/dependencia.

En cambio, cuando hablamos de un apego saludable, podemos sentirnos parte de un todo más grande y eso darnos perspectiva de nuestro lugar en el mundo. Saber que contamos con los otros (familia o amigos) en momentos difíciles, es uno de los aspectos luminosos de este tema. El apego es indispensable para poder existir en esta vida, sin él no podría querer vivir. Sentimos apego a nuestros seres queridos, a nuestros lugares preferidos, a nuestra vida día a día. En realidad eso no es un problema, se convierte en algo que nos lastra cuando nos impide movernos, avanzar, cambiar.

Quizá es tiempo de ampliar la visión sobre el tema y entender que el apego/dependencia no es saludable, y que el apego/pertenencia es la parte amable y luminosa del mismo tema. Distinguir uno de otro demanda ser conscientes y honestos con nosotros mismos. Afortunadamente contamos con herramientas como Reiki que nos ayudarán a resolver las programaciones que nos llevan a tener apegos mal aspectados. También, no hay que perder de vista la posibilidad de que el supuesto miedo al apego esté enmascarando una resistencia a una relación más profunda y comprometida con otra persona, con el pretexto de no querer generar un apego; de tal forma que se le da la vuelta a situaciones que nos proponen soltar ideas y programaciones para escuchar las del otro. Como muchas cosas en la vida, el apego, por sí mismo, no es malo, sino la forma en que decidimos vivirlo.