El uso de cristales dentro de las prácticas espirituales se ha extendido mucho en la última década. Quizá respondiendo a la apertura de las fronteras comerciales, la globalización tanto de la economía como de la información y, también muy probablemente, a las necesidades espirituales de las sociedades modernas.

Los cristales han generado admiración en la humanidad desde que el hombre es hombre. Basta imaginar la impresión que nuestros ancestros debieron tener en el momento de encontrar una roca que emitía una luz casi propia cuando el sol la iluminaba y que probablemente, como los diamantes o el cuarzo, tenía una dureza tremenda.

Existen muchas teorías de por qué los cristales pueden ayudarnos a sanar. Las hay desde las más apegadas a conceptos científicos y las que hacen hincapié en propiedades energéticas. Quizá, al final del día, se trate de un lugar medio entre ambas cosas. La mayor parte de los cristales necesitan temperaturas y presiones tremendas para formarse, y eso sólo puede encontrar a grandes profundidades dentro de las capas terrestres, donde las condiciones son propicias para generar la formación de esas joyas.

Diferentes autores hablan de las propiedades de los cristales. Como en muchos otros rubros de las herramientas utilizadas para la sanación, es importante la “pureza” de los objetos utilizados para las prácticas espirituales. Así, las gemas preciosas como diamantes, esmeraldas, rubíes y ópalos, son ideales debido a que su composición molecular, química y física es “perfecta” dentro de los estándares que cada una de dichas disciplinas implica. 

También las gemas semipreciosas son consideradas herramientas poderosas de sanación y, obviamente, más accesibles. Entre ellas podemos encontrar a los cuarzos, cuya variedad nos da una gama muy amplia de herramientas para trabajar tanto en nosotros mismos como en otras personas. 

Compuesto de óxido de silicio, el cuarzo es uno de los minerales más comunes en el planeta (el 95% de la arena que encontramos en las playas está conformada por cuarzo), sólo superado por el feldespato. Después del diamante, es la sustancia más dura de la naturaleza. Puede encontrarse con una estructura trigonal (formando triángulos) y hexagonal (formando prismas de seis lados), este último es el que se prefiere para el uso en trabajos energéticos y espirituales.

La estructura del cuarzo lo hace perfecto para el trabajo energético. Sus diferentes variantes lo hacen una herramienta perfecta ya que podemos encontrar variedades para usos específicos como el rosado que se asocia con las emociones, la amatista para transmutar, el ahumado para trabajos de sanación muy profundos. Sin embargo, el cuarzo blanco o cristalino, es el más popular ya que puede utilizarse para cualquier área de sanación.

Los prismas hexagonales son utilizados en la práctica de Reiki ya como potenciadores de la energía canalizada, ya como parte de la parrilla de cuarzo utilizada para enviar energía a distancia y potenciar metas. La estructura molecular y energética del cuarzo funcionan como un catalizador que potencia la energía, ayudando así a obtener una sanación más profunda.